En sus ojos
Cuando nos vemos, eleva mi lugar predilecto:
su mirada en la guarida y razón de la mía
con todas las imágenes coloridas del ser y estar
en el soplo del presente que nos propaga,
amorosamente, hacia las geografías que se alargan.
Juntos, en su estatura improvisada,
descansamos como ruiseñores
de migraciones y nubes,
parpadeamos el entusiasmo de la estrella,
alquilamos la ascensión exclusiva del cielo.
En ese ámbito de visión profunda y sencilla
la observación es un tema hacia adentro,
es una prosa acercando las manos
a la lectura de la piel que transcurre
con la continuidad de saberme
dentro de lo que amo como todas esas cosas
que caben en otras cosas.
Por eso es que su mirar se convierte en lo que miro.
Esa unión es una alcoba de amaneceres físicos,
es un brote de cristales vivos llenándose de llegadas,
cada vez que la mañana nos busca
como siluetas debutantes del suceso que se acerca.
Sin nadie más, cuando abre todo lo visible para verme
como su amada dependencia y mucho más,
si la sangre cíclica nos hace
un solo cuerpo en las palabras,
el ámbito de un beso en la sonrisa,
la clara ofrenda de la luz que pasa como un día
con todo lo que me permite vivir en su interior,
a manera de sensación, dando calor a los huesos.
Sucede que, desde allí, un enjambre de articulaciones
nos mueve hacia el largo sonido que nos pronuncia.
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